Doy el taller
Raúl Contreras
Mi formación es en psicología educativa. Por eso el taller está armado como está: grupos chicos, cuatro horas, y cada quien sale con algo suyo terminado. Esa parte es la que casi todos los cursos de este tipo se saltan.
De niño no me podía estar quieto. Me costaba esperar mi turno y me aburría en clase con una facilidad impresionante. Por eso el taller no es una plática de cuatro horas: a los veinte minutos ya estás decidiendo qué juego quieres hacer, y a la hora ya estás construyéndolo.
Hoy construyo sistemas de inteligencia artificial para una agencia en Estados Unidos y dirijo un equipo pequeño de ingeniería. Las mismas herramientas que usamos en el taller son las que uso en el trabajo — no hay una versión "para niños" y otra de verdad.
Fuera de eso: toco guitarra sin ser bueno, diseño juegos de mesa que nadie me pidió, y he visto todas las series de Star Trek que existen. Vivo en las afueras de Tijuana. Los fines de semana bajamos al centro.
Lo que hago, en el fondo, es construir mundos pequeños con mucho cuidado. Eso es lo que intento enseñar.
¿Nos vemos en el taller?
Cuatro horas, presencial, en Tijuana. Grupos chicos a propósito.